Sobre el Perdón


Cuán bendito sea el recurso del perdón, que nos exhorta y quebranta en lo profundo del alma cuando lo vemos ser aplicado por otros en situaciones que nos parecen increíblemente ofensivas, y en las que generalmente nosotros mismos confesaríamos que no seríamos capaces de perdonar. Pero resulta aun más conmovedor, y no solo eso, sino que incluso calla nuestras pecaminosas excusas, el considerar a Dios en el ejercicio del Perdón para con los ofensores. Ello viene a ser como aquellos golpes del amigo que ama, cuyas heridas son fieles. En este caso, el ejercicio perdonador de Dios para con los ofensores golpea el alma de quien medita sinceramente en ello, produciendo heridas que engendran fidelidad.

Dios en la eternidad conocía  que pecaríamos un día, pero de antemano dispuso tiernamente su corazón a perdonarnos nuestra iniquidad. Pero me conmueve profundamente no solo el hecho glorioso de Su saber anticipado de nuestras faltas y Su disposición presta y tierna a perdonar, pues Él no solo sabía que claudicaríamos, sino que desde siempre sentiría y soportaría el gravísimo dolor y afrenta de las iniquidades de a quienes se dispuso a perdonar. Cuán noble es el corazón misericordioso de nuestro gran Dios, que se propuso a sí mismo a perdonar nuestras horribles maldades cuando aun no las habíamos cometido contra Él; cuán noble es la paciencia bondadosa de este Dios lleno de gracia, y cuán distinto es Él en esencia de la imagen que nosotros hemos llegado a tener por causa del pecado, desvirtuando la que nos fue colocada un día.

Mas ahora consideremos nuestra pobreza y orgullo a la luz de lo que Él se dispuso en la eternidad y concretó en Cristo en el tiempo señalado, pues que proveyendo a su propio Hijo Unigénito como propiciación de los pecados de quienes le ofendimos a Él, hizo posible un perdón amplio, generoso y lleno de gracia y verdad. ¡Escudriña y admira tal nobleza! Dios no solo esperó a que le pidiésemos perdón por nuestras faltas, se dispuso de antemano a perdonar, proveyó a Su propio, amado y perfecto Hijo para que recibiera sobre sí mismo la sentencia que ameritaba nuestro pecado, y propició en nosotros mediante Su Espíritu un quebrantamiento para buscarle en humildad. ¡YHVH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado! (Sal 130:3-4)

¡Miremos ahora y meditemos profundamente en el perdón ejercido por el Señor! ¡Reverenciémosle ahora, pues por su perdón debemos altísima y solemne reverencia! ¡Llenémonos de santo asombro y sobrecogimiento sumiso por la humildad graciosa de Aquel que construye mundos de la nada con la potencia de Su voz, y que perdona generosamente a quienes insultaron Su infinita majestad! Pues ¿qué es nuestra falta de perdón para con la ofensa cercana sino una muestra diabólica de la perversidad que aun resta en nuestro corazón? ¿No es acaso una obra digna de las prisiones del Tártaro el orgullo de no perdonar la ofensa de otro cuando las multitudes de las nuestras fueron perdonadas por Dios? ¿No es acaso Dios mismo nuestro mayor ejemplo de solicitud y perdón? No deberíamos ser negligentes en perdonar a otro sus ofensas, cuando Dios ha perdonado las nuestras, siendo que las nuestras contra Él son evidentemente y en demasía profundas y grandes comparadas con las del prójimo contra nosotros.

Ahora imagina que Dios perdonara tus muchas ofensas de aquella misma manera en que tu las perdonas a los que te ofenden, o mejor dicho, de la misma manera en que dejas de perdonar a quienes te ultrajan, imagínalo y compréndelo, porque de cierto Dios en carne ha dicho que así también se haría contigo, cuando enseñándonos a orar con el “Padre Nuestro” exclamó en aquella oportunidad: “perdona nuestras ofensas así como también perdonamos a quienes nos ofenden”. No que Jesús tenga algo que deba ser perdonado por su Padre, sino que esto lo dice para que aprendamos no solo a orar, sino también a perdonar (Mat 6:12). El Señor Jesús es la muestra más grande de Perdón y Amor dada por Dios al mundo, y Él aseguró esas palabras, y sepa ciertamente tu alma que Jesús no mintió, y que todos aquellos que albergan odio en su corazón contra su prójimo y no perdonan sus ofensas, de la misma manera enfrentarán en el Día Final el juicio certero de Dios y Su implacable y santa ira, pues ¿quién eres tú, ¡oh alma orgullosa! para no perdonar a otros sus ofensas cuando has sido toda tu vida una ofensa ambulante contra Dios y tus prójimos? ¿O te aferrarás a tu orgullo y argüirás que eres perfecto ante Dios y los hombres (Ecl 7:20)? ¿Qué podrás esgrimir como estimable ante Su santísima presencia (Sal 130:3; Lc 16:15)? Todo camino del hombre es recto ante sus propios ojos, pero es YHVH quien sondea el corazón (Prov 21:2), y de cierto encontrarás pecados en tu haber que incluso tú mismo desconocías, y que te harán clamar a Él para que te libre de los tales (Sal 19:12). Por tanto, mira ahora que el orgullo es por cierto un arma contra ti mismo, atesorando para ti cuotas de ira para el día de la ira por tu corazón endurecido y falto de arrepentimiento (Rom 2:5), pues desobedeces al Señor del universo que mandó claramente que perdonásemos hasta “setenta veces siete” las ofensas de los demás, y nos dejó el más alto ejemplo de todos al perdonar de la humanidad mas de setenta veces siete la multitud de nuestros pecados (Sal 103:10-12).

Jesús es aun mucho más urgente con el tema del Perdón, pues compara el Reino de los cielos en una parábola acerca del Perdón. Nota ahora las palabras certeras del Señor, que nos habla acerca de ello diciéndonos:

“Por lo tanto, el reino del cielo se puede comparar a un rey que decidió poner al día las cuentas con los siervos que le habían pedido prestado dinero. En el proceso, le trajeron a uno de sus deudores que le debía millones de monedas de plata. No podía pagar, así que su amo ordenó que lo vendieran —junto con su esposa, sus hijos y todo lo que poseía— para pagar la deuda.

El hombre cayó de rodillas ante su amo y le suplicó: “Por favor, tenme paciencia y te lo pagaré todo”. Entonces el amo sintió mucha lástima por él, y lo liberó y le perdonó la deuda.

Pero cuando el hombre salió de la presencia del rey, fue a buscar a un compañero, también siervo, que le debía unos pocos miles de monedas de plata. Lo tomó del cuello y le exigió que le pagara de inmediato.

El compañero cayó de rodillas ante él y le rogó que le diera un poco más de tiempo. “Ten paciencia conmigo, y yo te pagaré”, le suplicó. Pero el acreedor no estaba dispuesto a esperar. Hizo arrestar al hombre y lo puso en prisión hasta que pagara toda la deuda. Cuando algunos de los otros siervos vieron eso, se disgustaron mucho. Fueron ante el rey y le contaron todo lo que había sucedido. Entonces el rey llamó al hombre al que había perdonado y le dijo: “¡Siervo malvado! Te perdoné esa tremenda deuda porque me lo rogaste. ¿No deberías haber tenido compasión de tu compañero así como yo tuve compasión de ti?”. Entonces el rey, enojado, envió al hombre a la prisión para que lo torturaran hasta que pagara toda la deuda.

Eso es lo que les hará mi Padre celestial a ustedes si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos.” (Mat 18:21-35)

¿Puede acaso tu alma comprender la magnitud y profundidad de la sabiduría de Cristo en estas palabras, y aquella santa advertencia con la que urge a quienes aconseja? Su sentencia: “Eso es lo que les hará mi Padre celestial a ustedes si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos”, es una firme declaración de Su no-aceptación de los orgullosos y faltos de compasión en el Reino de los Cielos. De esto también escribió Jacobo, al decir: “Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Sant 2:13).

A ello hacía referencia el Señor al hablar en el “Padre Nuestro”: “Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones” (Mat 6:14-15).

A ello volvió a hacer referencia el Señor cuando hablaba acerca de la oración y la fe, mandando a que en oración perdonáramos a quienes nos ofendían, ligando así el tema del perdón necesariamente a la fe y la oración (Mar 11:20-26). Esto último claramente evidencia, que un individuo carente  de disposición a perdonar no tiene la verdadera fe del Señor, y su oración (si la eleva) no solo no es escuchada, sino que es aborreciblemente hipócrita ante Dios, al pedir de Dios una disposición a hacer algo que el orgullo propio no está dispuesto a hacer por las faltas de quienes le ofenden.

El apóstol Pablo miró con mucho tino este asunto, al mandar a la iglesia en Éfeso que practicara el perdón que Cristo había tenido para con ellos. Pablo así mismo nos manda a que seamos amables y misericordiosos, antecediendo estas cosas al perdón, puesto que si hay bondad y misericordia en nuestro corazón como lo hubo (y aun lo hay) en el de Dios el Padre, perdonaremos a nuestros hermanos de la misma manera en que el Padre nos perdonó a nosotros en Cristo (Efe 4:32). Pablo insistió en lo mismo a la iglesia en Colosas, pues al parecer, la falta de perdón hacia las ofensas recibidas es un pecado muy habitual entre nosotros, pero que por ser recurrente no lo hace menos repulsivo a Dios (Col 3:12-13).

Ahora, ¿no es evidente que el no perdonar es una manifestación de la carencia de amor? Sí, pues La Escritura dice que “el amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante” (1 Cor 13:4). ¿Cómo podría alguien desprenderse de la paciencia, de la bondad y humildad cristiana siendo jactancioso y arrogante, y aun así verdaderamente permanecer en el amor cristiano? No, sino que quien así actúa demuestra que no ha conocido el amor ni el perdón de Dios. Pablo dijo a los Corintios que ya de por sí era una falta que hubiesen pleitos entre ellos (1 Cor 6:7), y les replicó fuertemente “¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien ser defraudados?”, palabras que hoy mismo deberían hacer eco en las conciencias nuestras. Permítaseme hacer las preguntas incómodas para vuestro provecho, o tal vez hacerme vuestro enemigo por decirles la verdad (Gal 4:16) ¿Por qué no soportas el agravio del prójimo con la mansedumbre con la que tu Señor soportó tu agravio? ¿Por qué no sufres que te hayan defraudado de la misma manera que tu Señor sufrió tu gran defraude contra Él? ¿Por qué estimas imposible tu perdón a quienes te ofenden pero esperas y procuras que Dios soporte tus abundantes flaquezas y las cubra con el perdón que tú mismo te niegas a dar a otros? ¿Por qué esperas que Dios perdone tus iniquidades por las cuales ha muerto Su perfecto, santo, justo y bueno Unigénito, cuando tú ni siquiera quieres perdonar un adulterio, un insulto, un desdén, una herida, una mentira contra ti? ¿Es que acaso han sido las faltas hechas contra ti más grandes, numerosas y profundas que las que tú mismo has hecho contra Dios y contra tus prójimos? ¿Son dignas tus faltas del perdón divino pero es aborrecible la compasión con las faltas de tus semejantes?

Es de sabios tener paciencia y es cordura el retener nuestro furor (Prov 14:29), puesto que será nuestra honra también el pasar por alto la ofensa recibida (Prov 19:11). Esto no significa que realmente no han fallado contra nosotros, no, sino que significa que es sabio si disipamos nuestra ira, en contraste con el necio que da rienda suelta a ella (Prov 29:11), que es mejor si sabemos conquistar y dominar nuestro propio espíritu, en comparación con aquel poderoso que tan solo puede conquistar algún reino (Prov 16:32), porque haber conquistado el reino interior de nuestra alma, para poder perdonar a quienes nos ofenden, es señal de que se nos ha concedido vivir en esta tierra una porción del Reino de los cielos. El ejercicio del perdón genuino y honesto es fructífero para ello, y aunque sea difícil para nosotros esa es la senda que nos reveló Dios mismo en su venida en carne.

Digamos junto a Miqueas: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miq 7:18-19). Cuando te hayan ofendido, recuerda estas palabras y medita en ellas profundamente, hasta que tus entrañas se hayan conmovido y tu alma se haya quebrantado, recordando más y practicando las palabras de Aquel que es bueno y perdonador (Sal 86:5), Clemente y compasivo contigo (Neh 9:31), que dijo que no se acordaría ya más de tus pecados (Isa 43:25).

Dios nos ayude a perdonar de gracia, como hemos sido perdonados. Dios nos ayude a proveer nosotros mismos lo necesario para hacer posible el perdón al ofensor, tal cual el Señor lo hizo. Dios nos ayude a ser los primeros que se muevan en función de perdonar, aún cuando quién ofendió no procure ser perdonado, tal cual como Dios fue el primero en disponerse a olvidar nuestras ofensas y el primero en proveer el camino para hacer posible la justicia y el perdón misericordioso al mismo tiempo.

Dios sea nuestro ejemplo de humildad y mansedumbre, Él nos guíe a Casa a través del camino del perdón gracioso por el que Su propio Hijo amado caminó antes que nosotros, para que siguiésemos sus pisadas. Que Dios nos ayude a ser sinceros y dignos imitadores de Aquel que dijo: “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mat 5:44).

~ Pr. Alessandro Guillén Rondón

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